LA PROPIEDAD DE LOS
NOMBRES DE LAS COSAS
¿De
dónde vienen los nombres de las cosas?, ¿Quién les coloco esos nombres?, ¿Cómo?
¿Cuándo? ¿Por qué una mesa es una mesa y no es una silla? ¿Por qué el amarillo
es amarillo y no una camisa?, son preguntas que desde la época de los “porque”
infantiles, hicimos a nuestros padres, inclusive, aun en esa etapa, desde lo
primitivo e inmaduro y faltos de esquemas mentales que fuesen nuestros
pensamientos, nos lo preguntamos.
De los representantes de la filosofía, se
considera, según Alfred North Whitehead, matemático y filósofo ingles, que la
caracterización general más segura de la tradición filosófica europea es que
consiste en una serie de notas al pie a Platón, pues este, Cratilo, no sería lo
de menos.
Caracterizado principalmente por la dialéctica,
donde utiliza opiniones en oposición y esa es la razón
para no manejar una verdad absoluta durante el desarrollo del texto, la verdad
siempre se encuentra en movimiento, cambia, se transforma, es una cualidad: no hay definitivamente nada
quieto, entonces ¿La verdad es fluctuante?, o mejor sigamos al gran alumno del
gran maestro ¿solo sé que nada se?
Tres personajes principales: Cratilo, Hermogenes y Sócrates,
los tres contextualizados en un momento actual con tiempos diferentes y un
narrador presente que se mantiene en la postura de transcriptor, sin interferir
ni mucho menos opinar.
¿Son los nombres exactos por naturaleza, porque hay
identidad absoluta entre el nombre y la cosa? (Cratilo) O ¿Los nombres son
siempre exactos, pero no por naturaleza, sino por medio de la convención entre
los miembros pertenecientes a la comunidad de hablantes? (Hermogenes).
¿Naturaleza o Convención? He allí, más bien el dilema.
Se considera que el lenguaje fue evolucionando a medida
que el hombre también así lo hizo y obviamente dependiendo de las necesidades
que se fueron generando, así también se fueron construyendo y creando nuevas
cosas, por ende en esa medida se tuvo que ir nombrando cada cosa, en este
sentido, se pueden decir que los nombres surgen de ambas cosas, de la
naturaleza ( una necesidad que lleva al desarrollo de una herramienta o
elemento que sacie dicha necesidad) una convención ( una evolución propia de la
necesidad que conlleva al desarrollo y evolución de nuevas tecnologías según
necesidades, recursos y época).
Claro o no, los nombres no son arbitrarios y subsisten en
sí mismos según su esencia y su constitución natural.
Pero lo que sí es claro, es que el autor de los primeros nombres
tenia la ciencia de las cosas sin los nombres, al igual que hoy y a través del
tiempo, inventar, innovar, crear, suscitan a nuevos nombres para las cosas y dependiendo de las áreas, así son
nombrados, tecnología o ciencia, arte o
deportes, día a día, no solo se nombran, sino que también se dan significados a
los nombres, terminando a fin de cuentas por ser el nombre el signo de la cosa
nombrada, porque representa su esencia.
Dice Sócrates: - Pero dime a continuación todavía una
cosa: ¿Cuál es, para nosotros, la función que tienen los nombres y cual decimos
que es su hermoso resultado?
Responde Cratilo: - Creo que enseñar, Sócrates. Y esto es
muy simple, el que conoce los nombres, conoce también las cosas.
Platón en todo este discurso tiene como su objetivo
final, “enseñar”, enseñar sobre las distintas formas a través de las cuales se
puede adquirir un conocimiento, y al final poder, aun sin confirmar como una
verdad o no, lo que se tiene entendido que es la propiedad del nombre de las
cosas.